Capítulo 47: El Susurro de la Sangre y la Sal
El silencio que siguió a las palabras de Marcus se filtró en la habitación del hotel como un aire gélido, empañando el cristal de la ventana que daba al Sena. Alaric permaneció inmóvil, con la mano aún posada sobre el vientre de Isolde, pero su calidez pareció evaporarse en un segundo. El nombre de Valerius no era solo un nombre; era el eco de una traición que le había desgarrado el alma mucho antes de que el Consejo intentara borrarle la memoria.
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