Capítulo 32: El Beso de las Estrellas Fugaces
La cápsula de escape de la Ícaro se precipitaba hacia la Tierra como una lágrima de acero en llamas. El impacto de la explosión de la estación orbital los había lanzado hacia una trayectoria errática, un descenso suicida a través de la ionosfera que hacía que el pequeño habitáculo vibrara con una violencia inhumana. Dentro, el aire olía a ozono, a metal recalentado y al perfume dulce y metálico de la sangre de Alaric, que flotaba en pequeñas esferas