El jet privado de Elias Vance cortaba el aire gélido del Atlántico Norte con una elegancia depredadora, una saeta de fibra de carbono y lujo que transportaba los restos de una dinastía y la semilla de una nueva era. En el interior de la cabina, el silencio era denso, solo interrumpido por el zumbido presurizado de los motores y el suave pitido de los monitores que vigilaban el pulso de Alaric. Isolde observaba a través de la ventanilla cómo la oscuridad del océano se fundía con un cielo plagado