El dolor que atravesó a Isolde no fue una contracción ordinaria; fue un desgarro sísmico, una fuerza que parecía emanar del centro mismo de su ser para reclamar su lugar en el mundo. Cayó sobre sus manos y rodillas, sintiendo el metal frío del pasillo del Observatorio contra sus palmas, mientras el líquido amniótico se extendía en un charco plateado bajo la luz fluorescente. El "prodigio" no estaba pidiendo permiso para nacer; estaba derribando las puertas de la biología con la misma urgencia i