Sigo refunfuñando por culpa de esa mujer, que se ha empeñado en hacerme la vida cuadros. Destruyó sin ningún miramiento un costoso traje de cincuenta mil dólares elaborado por mi diseñador particular. Es algo imperdonable, que no tiene ninguna justificación de su parte. Es una salvaje; no tengo otro calificativo para ella.
Estoy más que furioso. La tengo metida entre ceja y ceja y ni siquiera puedo sacarla de mi cabeza. ¿Qué tipo de maldición lanzó esa bruja sobre mí?
―Señor, hemos llegado.
R