A la mañana siguiente
Observo lo magullado y rotos que están mis dedos. Duele como la mierd4, pero no me arrepiento ni un ápice de haberle dado una merecida paliza a ese miserable cobarde que se aprovechó de la inocencia de mi mujer para destrozarle la vida.
―¿A qué hora llega Arévalo?
Abandono mi pensamiento y dirijo mi atención hacia mi padre.
―Debe estar por llegar.
Suelto un bufido.
―¿Crees que Abigaíl esté lista para hacer esto?
Respondo con un asentimiento de cabeza.
―Sí, papá, ell