Siento el pecho comprimido y una furia que no se detendrá hasta que destruya a Santiesteban y todo su imperio. Escuchar de la boca de mi mujer lo que sufrió y padeció por culpa de ese desgraciado, me ha dejado con el alma rota. No paro de temblar de la rabia.
―¿Puedo retirarme? Estoy agotada ―la voz de mi mujer me hace salir de mi trance―. Me gustaría ir a descansar un rato.
Fuerzo una sonrisa, porque no quiero que ella note lo mucho que me ha afectado lo que acaba de contarnos.
―Por supuesto