El señor Di Stéfano no ha dejado de mirarme desde que subimos a la limusina. Tampoco quiere separarse de mi hija. Ella sigue dormida en su regazo y recostada con comodidad sobre su pecho. Hay una preciosa sonrisa de felicidad dibujada en su boquita sonrosada.
―No dudé ni un solo segundo de que esta chiquilla lleva la sangre de los Di Stéfano ―murmura orgulloso, sin despegar su mirada de la carita de mi hija―. Me bastó verla para saber que era mi nieta.
―¿Cómo lo supo?
Sonríe satisfecho al ele