Valeria se despertó con el sol filtrándose suavemente por las cortinas de la habitación principal. Eran las 7:25 a.m. La casa en Santo Domingo olía a café recién hecho y a mar lejano que entraba por las ventanas abiertas. Diego dormía a su lado, el brazo rodeando su cintura con esa protección natural que tanto había extrañado durante los meses de tormenta. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio de la mañana no traía ansiedad ni miedo a un nuevo mensaje o amenaza. Solo una calma profunda q