Valeria se despertó con el sonido suave de las olas que entraban por la ventana entreabierta. Eran las 7:18 a.m. La villa en Punta Cana estaba envuelta en una luz dorada que parecía filtrarse directamente en su pecho. Diego dormía a su lado, el brazo rodeando su cintura, su respiración profunda y tranquila. Por primera vez en mucho tiempo, no había miedo. No había urgencia. Solo gratitud y la certeza de que habían sobrevivido.
Se levantó con cuidado, se puso una bata ligera y salió a la terraza