Valeria apenas durmió. El mensaje de Rafael seguía repitiéndose en su cabeza: “alguien de tu propia sangre”. ¿Quién? ¿Su madre? ¿Su hermana Carolina? ¿Alguien más de su familia que nunca le había hablado de los secretos de Diego?
A las 9:50 a.m. ya estaba vestida y nerviosa, mirando el reloj cada treinta segundos. Diego bajó las escaleras con una taza de café en la mano y la abrazó por detrás.
— Sea quien sea, lo enfrentamos juntos — murmuró contra su cuello—. Ya no estamos solos.
Valeria se gi