El domingo amaneció nublado, como si el cielo mismo estuviera reflejando el peso que cargaba la familia.
Valeria se levantó temprano, antes que nadie. Preparó el desayuno mecánicamente: huevos, jugo de naranja, pan tostado. Todo parecía normal, pero nada lo era. Cada movimiento suyo estaba cargado de una ansiedad que apenas lograba disimular.
Diego bajó poco después. Tenía ojeras profundas y la mandíbula tensa. Se sirvió café sin decir una palabra y se quedó mirando por la ventana de la cocina