El lunes por la mañana, la rutina familiar se rompió por completo.
Valeria estaba preparando los loncheros de los niños cuando sonó el timbre de la casa. Diego, que aún no había salido para el trabajo, frunció el ceño y miró el reloj. Eran apenas las siete y media.
—Qué extraño —murmuró.
Cuando abrió la puerta, se encontró con un mensajero uniformado que sostenía un sobre grande de color crema, con sellos internacionales.
—¿Señor Diego Alarcón?
—Sí, soy yo.
—Entrega urgente desde España. Firma