Valeria abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso cálido del brazo de Diego alrededor de su cintura. Eran las 7:40 a.m. La luz del sol entraba suave por las cortinas entreabiertas, iluminando la habitación con tonos dorados. Por primera vez en mucho tiempo, no había tensión en su cuerpo al despertar. Solo una sensación de paz que todavía le parecía frágil, pero real.
Se levantó con cuidado, se puso una bata ligera y bajó a la cocina. Preparó el desayuno con calma: café fuerte para Diego, jug