El sol de la tarde caía sobre la arena de entrenamiento, tibio pero brillante, iluminando a los guerreros que observaban expectantes.
En el centro, Greta y Rafael ya llevaban varios minutos de combate, moviéndose como dos sombras veloces.
Rafael lanzó un golpe.
Greta lo esquivó con elegancia. Saltó. Giró.
Y con una llave perfecta, aprovechando el peso del Beta en su contra, lo hizo volar por los aires.
—¡Ugh! —exclamó Rafael al aterrizar de espaldas en la arena.
Un coro de risas estalló alrededor.
Theo, apoyado contra una viga, sonrió con orgullo mientras cruzaba los brazos.
Rafael gruñó desde el suelo.
—Vaya… podría decir que la Luna es más fuerte que tú, Theo.
Theo arqueó una ceja.
—Que hayas vuelto convertido en un débil por no entrenar, no es mi culpa —respondió con burla sabiendo que Bark estaba humillando a su beta.
Greta apoyó las manos en las caderas, respirando agitada, una sonrisa afilada en el rostro.
Theo la miró como si fuera la octava maravilla del mundo, siempre había s