El sol de la tarde caía sobre la arena de entrenamiento, tibio pero brillante, iluminando a los guerreros que observaban expectantes.
En el centro, Greta y Rafael ya llevaban varios minutos de combate, moviéndose como dos sombras veloces.
Rafael lanzó un golpe.
Greta lo esquivó con elegancia. Saltó. Giró.
Y con una llave perfecta, aprovechando el peso del Beta en su contra, lo hizo volar por los aires.
—¡Ugh! —exclamó Rafael al aterrizar de espaldas en la arena.
Un coro de risas estalló alreded