La habitación estaba en silencio.
Solo el pitido constante de las máquinas y el respirador marcaban el ritmo lento y doloroso de la vida de Theo.
Greta se sentó a su lado, con las piernas temblando.
Miró su rostro: pálido, inmóvil, tan distinto al alfa arrogante que siempre la desafiaba con la mirada. Ese no era Theo. Ese era un cuerpo vacío esperando volver.
—Theo… —susurró, acercándose—. Despierta, por favor… Theo, no me dejes sola, lucha, lucha por Azura, lucha por volver.
Su voz se quebró p