La habitación estaba en silencio.
Solo el pitido constante de las máquinas y el respirador marcaban el ritmo lento y doloroso de la vida de Theo.
Greta se sentó a su lado, con las piernas temblando.
Miró su rostro: pálido, inmóvil, tan distinto al alfa arrogante que siempre la desafiaba con la mirada. Ese no era Theo. Ese era un cuerpo vacío esperando volver.
—Theo… —susurró, acercándose—. Despierta, por favor… Theo, no me dejes sola, lucha, lucha por Azura, lucha por volver.
Su voz se quebró por completo. Greta tomó su mano. Estaba fría. Demasiado fría. El pecho le ardió, como si algo la desgarrara desde dentro. Y entonces lo sintió.
El vínculo. Tirando.
Tirando de ella con una fuerza tan brutal que la dejó sin aliento. Como si una cuerda invisible conectara su corazón al de él… como si con cada segundo que pasaba él se alejara de ese hilo.
—No… no… —murmuró Greta, negando con la cabeza mientras sus lágrimas caían—. No te vayas, Theo. No te atrevas a dejarme…
Bark apareció dentro de