La cueva quedaba detrás de ellos ardía todavía con un leve resplandor azul—los últimos ecos de las almas liberadas entrelazándose con la luna.
La montaña ya no se sentía como una prisión sino como un santuario vacío que por fin descansaba.
Greta, Theo y Rafael avanzaron entre las rocas húmedas hasta ver una figura sentada en un tronco, en completa quietud.
Un aura violeta la envolvía como un manto de estrellas líquidas.
Elara.
Estaba meditando… o más bien, vigilando.
Mientras el viento del bosq