La sala principal del escondite de Arkan estaba sumida en sombras. Solo unas antorchas parpadeantes iluminaban las paredes de piedra, proyectando figuras deformes que parecían moverse con vida propia. El aire olía a humo, sudor… y desesperación.
Uno de sus espías—un hombre nervioso, delgado, con la piel marcada por cicatrices—esperaba de rodillas frente a él, temblando.
Arkan se mantenía de pie, inmóvil, con las manos apoyadas en el borde de su mesa de mapas.
Sus nudillos estaban blancos.
Sus o