La enfermería estaba tranquila, iluminada por lámparas cálidas y el aroma a hierbas medicinales.
Greta estaba sentada en una silla, con el bebé durmiendo profundamente en sus brazos, respirando suave como un gatito.
Cuando la mujer abrió los ojos, lo hizo de un salto, jadeando.
—¡Mi bebé! ¡Mi bebé, por favor!
Sus ojos violetas —tan brillantes que parecían luz líquida— se movieron frenéticos por toda la habitación.
Greta se giró de inmediato.
—Hey, tranquila —dijo con voz suave, levantándose—. Aún estás herida, tienes costillas rotas. Respira… siéntate despacio.
La mujer respiraba agitada como un animal acorralado.
Greta se acercó con el bebé envuelto en mantas.
—Tu pequeño ya comió. Un médico lo revisó, está sano y fuerte. Lo protegiste muy bien.
La mujer se quebró en un sollozo tembloroso.
Greta le puso el bebé en los brazos con delicadeza.
La madre lo abrazó contra su pecho, llorando en silencio.
—Mi pequeño Liam… pensé que te perdería…
Besó su frente una y otra vez, temblando, acar