La enfermería estaba tranquila, iluminada por lámparas cálidas y el aroma a hierbas medicinales.
Greta estaba sentada en una silla, con el bebé durmiendo profundamente en sus brazos, respirando suave como un gatito.
Cuando la mujer abrió los ojos, lo hizo de un salto, jadeando.
—¡Mi bebé! ¡Mi bebé, por favor!
Sus ojos violetas —tan brillantes que parecían luz líquida— se movieron frenéticos por toda la habitación.
Greta se giró de inmediato.
—Hey, tranquila —dijo con voz suave, levantándose—. A