Greta despertó con un suspiro largo, el miedo de la noche anterior había cedido un poco; su pecho ya no dolía como antes.
Theo no estaba a su lado, pero la cama aún conservaba su calor.
Se levantó, se puso ropa deportiva y trenzó su cabello.
Necesitaba moverse. Necesitaba aire.
Salió al bosque y comenzó a correr. Cada zancada era un intento de liberar la tensión que aún llevaba en los hombros.
Bark gruñó suavemente en su mente.
«Greta, estás muy tensa. Debes relajarte. No pasará nada malo. Rafael es de confianza».
Greta saltó sobre un tronco, esquivó una raíz y aceleró el paso.
—Tengo miedo, Bark —susurró con la respiración cortada—. No quiero perderte. Eres lo más importante que tengo… más que nada en el mundo.
El lobo respondió con una calidez que casi la hizo llorar.
«Nada me pasará, pequeña. Siempre estaré a tu lado.»
Greta inspiró profundo, y entonces ambos se congelaron.
Al unísono, dijeron:
—Sangre.
El olor era fuerte, metálico, reciente.
Greta salió disparada hacia la fuente