El día estaba nublado, perfecto para patrullar sin ser vistos. Theo caminaba al frente, con Rafael a su derecha y Greta a su izquierda, los tres en forma humana para poder analizar mejor el terreno.
—Sé que debe haber algo por acá —gruñó Theo, oliendo el aire y revisando cada rincón—. Aquí fue donde los guardias perdieron el rastro de los renegados el otro día. Debe haber un pasadizo o algo. Esos malditos no pueden simplemente desaparecer.
Rafael olfateó el ambiente, alerta.
Greta observaba cada detalle hasta que Bark habló en su mente.
“Mira, Greta. Todas las rocas tienen musgo al lado derecho… menos esa. Esa lo tiene al lado izquierdo.”
Greta entrecerró los ojos.
—Tienes razón, Bark…
Se agachó y tocó la roca. Intentó levantarla, pero no se movió.
“Gírala.”
Greta obedeció, girando la roca hasta que el musgo quedó orientado como en las demás.
Un clic seco resonó.
Y de pronto una trampilla saltó del suelo, levantándose apenas unos centímetros.
—¡Theo, Rafa! —llamó Greta.
Ambos se girar