El jardín del castillo seguía brillando bajo la luz de la luna azul.
Las flores parecían cristal, y el aire fresco olía a magia, a noche y a destino.
Theo miró el platito vacío de bocadillos sobre sus piernas y frunció el ceño.
—¿Voy por más? —preguntó, levantándose.
Greta sonrió suavemente, sin apartar los ojos de la luna.
—¿Puedes traerme de esos con relleno de pollo? Me gustaron.
Theo inclinó la cabeza, con esa ternura que solo ella lograba arrancarle.
—Claro, mi luna.
Se inclinó, besó su frente con un roce que dejó vibrando el vínculo, y se alejó hacia la mesa de aperitivos. Greta lo siguió con la mirada… hasta que se perdió entre la multitud.
El jardín quedó en silencio, apenas interrumpido por la música que llegaba desde el salón.
—Estás pensando en la marca, —susurró Bark dentro de su mente.
Greta apretó los labios.
—Es una decisión muy grande, Bark… dejar que me marque… y marcarlo… nos unirá para siempre.
—Como debe ser, pequeña. Son compañeros.
—Sí, lo sé… pero… ¿y si algo ma