El jardín del castillo seguía brillando bajo la luz de la luna azul.
Las flores parecían cristal, y el aire fresco olía a magia, a noche y a destino.
Theo miró el platito vacío de bocadillos sobre sus piernas y frunció el ceño.
—¿Voy por más? —preguntó, levantándose.
Greta sonrió suavemente, sin apartar los ojos de la luna.
—¿Puedes traerme de esos con relleno de pollo? Me gustaron.
Theo inclinó la cabeza, con esa ternura que solo ella lograba arrancarle.
—Claro, mi luna.
Se inclinó, besó su fr