Apenas la puerta de la habitación se cerró detrás de ellos, el silencio estalló como vidrio.
Theo caminó directo al centro de la habitación, respirando fuerte, las manos cerradas en puños.
Greta entró detrás, con la misma furia temblando bajo su piel.
El vínculo ardía entre ellos.
Pero esta vez… ardía como un campo de batalla.
—¿Por qué ese macho puede tocarte? —soltó Theo, dándose vuelta tan rápido que Greta dio un paso atrás—. ¿Por qué él puede abrazarte así, tan confiado, como si tuviera derecho… mientras tú estabas ahí sonriendo en sus brazos?
Greta parpadeó, ofendida.
Theo siguió, levantando la voz:
—¿Y cuando una hembra se me acerca tú saltas como una loba enloquecida?
Yo siempre te respaldo, siempre te apoyo, siempre me pongo de tu lado… ¿y qué pasa contigo?
¿No crees que es injusto? Ahí estabas tú abrazándolo.
Greta abrió los ojos, incrédula.
—¿Injusto? ¿En serio, Theo? ¿Acaso quieres que esas mujeres te abracen? ¡Ve entonces! Anda con todas esas gatas en celo que se te lanzan