El castillo real se alzaba imponente bajo la luz plateada de la luna.
Sus torres brillaban como hielo encantado, y los jardines iluminados parecían un sueño vivo. Greta se quedó sin aliento cuando llegaron.
Justo en la entrada, una silueta familiar hizo que Greta gritara.
—¡Hans!
Greta corrió y se lanzó a los brazos de su hermano. Hans la levantó del suelo, riendo. Damia, radiante con un vestido ocre lleno de pedrería fina, abrazó a Theo con cariño fraternal.
—Greta, te ves hermosa —dijo Damia con una sonrisa que iluminaba toda la entrada.
—Gracias… tú también —respondió Greta sinceramente.
Los cuatro entraron juntos, y el gran salón los recibió con una explosión de luz y música. Los suelos blancos reflejaban el cielo nocturno, y la luz azulada de la luna caía a través de los ventanales gigantes.
Al fondo, se encontraba la familia real:
La reina Laurenth, con ojos celestes brillantes como estrellas.
El rey Kaelan, imponente, con sus ojos dorados intensos
La princesa Lyra, ya de veint