El castillo real se alzaba imponente bajo la luz plateada de la luna.
Sus torres brillaban como hielo encantado, y los jardines iluminados parecían un sueño vivo. Greta se quedó sin aliento cuando llegaron.
Justo en la entrada, una silueta familiar hizo que Greta gritara.
—¡Hans!
Greta corrió y se lanzó a los brazos de su hermano. Hans la levantó del suelo, riendo. Damia, radiante con un vestido ocre lleno de pedrería fina, abrazó a Theo con cariño fraternal.
—Greta, te ves hermosa —dijo Damia