La luna seguía alta cuando dos figuras se deslizaban entre los árboles.
Dos sombras enormes, una blanca como nieve recién caída y la otra plateada como el brillo del amanecer, corrían juntas, sincronizadas, libres.
Bark y Azura.
No había dolor en ellos. No había miedo. No había límites. Solo la magia de ser lobo.
Cuando al fin redujeron el paso y llegaron a un claro donde el pasto estaba suave y la luz lunar acariciaba cada hoja, Azura se apoyó contra Bark, respirando profundo. Su pecho subía y