La luna seguía alta cuando dos figuras se deslizaban entre los árboles.
Dos sombras enormes, una blanca como nieve recién caída y la otra plateada como el brillo del amanecer, corrían juntas, sincronizadas, libres.
Bark y Azura.
No había dolor en ellos. No había miedo. No había límites. Solo la magia de ser lobo.
Cuando al fin redujeron el paso y llegaron a un claro donde el pasto estaba suave y la luz lunar acariciaba cada hoja, Azura se apoyó contra Bark, respirando profundo. Su pecho subía y bajaba con la calma de alguien que al fin, después de tanto sufrimiento, podía existir completa.
Bark bajó la cabeza y cubrió el cuello de su loba con el suyo, envolviéndola en un gesto instintivo, protector.
Azura soltó un suspiro pequeño.
—No quiero irme. —su voz en el vínculo sonaba dulce, tranquila, feliz.
Bark ronroneó bajo, casi como un puma satisfecho.
—Pronto volveremos.
Se movió apenas para rozarle la mejilla con su hocico—. Esta noche fue maravillosa, mi luna.
¿Cómo te sientes?
Azur