Amaia.
Aún puedo sentir la textura del papel en la mano mientras me coloco el abrigo y salgo de la habitación sin hacer ruido. Bajo las escaleras con sigilo, consciente de cada paso. Llevo ropa diferente, pero el corazón aún me late con fuerza. Logro llegar a la puerta sin ser vista, hasta que un empleado alcanza a verme cuando finalizo el sendero que me conduce afuera de la propiedad.
— ¡Señora! —grita, pero no me detengo. Subo a un taxi que pasa justo en ese momento.
Dentro del vehículo vuelv