Amaia.
La viuda grita, pero la ignoro, no pienso disculparme. Así que mientras ella gime de dolor y de miedo al ver la sangre salir de su nariz de forma exagerada, me acerco al abrigo de mi madre, el cual aún continúa en el suelo, chamuscado y con varias partes de la tela arruinadas.
Lo levanto con cuidado, incluso mis manos tiemblan, mientras mi respiración está entrecortada... No está destruido por completo, pero el daño es evidente. La tela quemada y el olor a cenizas me revuelven el estómag