Amelia
No hubo vacilación. Sujetó mis caderas con esas manos grandes y fuertes, sus dedos hundiéndose posesivamente en mi piel, y presionó el glande de su miembro contra mi entrada húmeda y palpitante.
—Mírame, Amelia —ordenó con voz ronca.
Alcé la vista. Sus ojos oscuros ardían con una intensidad salvaje, rompiendo esa máscara de frialdad académica que siempre llevaba. Estaba a punto de perder el control, y lo hacía por mí.
Un sonido ahogado murió en mi garganta cuando él comenzó a hundirse en mi interior. No hubo prisa, solo una presión inexorable y firme. Sentí cómo mi cuerpo se veía obligado a dilatarse, mis paredes protestando dulce y dolorosamente ante su grosor.
Gabriel gruñó, apretando la mandíbula, los músculos suaves de su imponente cuerpo se tensaban bajo su camisa mientras se esforzaba en contenerse y no embestirme de golpe. Se deslizó dentro de mí hasta que sus caderas chocaron con las mías, enterrándose hasta el fondo, y una marea de placer sordo me recorrió la columna c