Amelia
No hubo vacilación. Sujetó mis caderas con esas manos grandes y fuertes, sus dedos hundiéndose posesivamente en mi piel, y presionó el glande de su miembro contra mi entrada húmeda y palpitante.
—Mírame, Amelia —ordenó con voz ronca.
Alcé la vista. Sus ojos oscuros ardían con una intensidad salvaje, rompiendo esa máscara de frialdad académica que siempre llevaba. Estaba a punto de perder el control, y lo hacía por mí.
Un sonido ahogado murió en mi garganta cuando él comenzó a hundirse en