Amelia
El escritorio de caoba estaba frío contra mis muslos, un contraste brutal con el calor febril que emanaba del cuerpo de Gabriel detrás de mí. Mi respiración era errática, superficial, el sonido de mi propia excitación llenando la oficina.
Gabriel no se apresuró. Era un hombre metódico, acostumbrado a analizar cada detalle antes de actuar. Sentí sus manos grandes posarse en mis caderas y una sensación cálida llenó mi vientre.
—Veamos qué escondes bajo esta falda, Amelia —murmuró cerca de