Avery
Un suave ding anunció nuestra llegada al ático, pero Damon no me soltó. Las puertas se abrieron revelando un espacio inmenso, sumido en la penumbra, donde una pared de cristal enmarcaba el cielo nocturno de Las Vegas.
—Bienvenida a mi mundo —murmuró, guiándome hacia el centro de la sala.
Mi corazón latía desbocado, una mezcla de terror y una anticipación exquisita que me humedecía las bragas con cada paso. Damon se detuvo frente al imponente ventanal. La ciudad estaba a nuestros pies, vibrante y caótica, pero aquí arriba, el silencio era absoluto.
Se giró hacia mí y, sin decir una palabra, comenzó a desvestirse.
Mis ojos se clavaron en él, incapaces de apartarse. Se quitó el saco y lo arrojó sobre un sofá de cuero. Luego, sus dedos hábiles desabrocharon los gemelos de su camisa, seguidos por los botones.
Contuve el aliento cuando dejó su torso desnudo. Estaba esculpido con violencia, como un antiguo dios de la guerra. Sus músculos tensos marcándose bajo una piel cremosa, marcada