Avery
El aire en la sala privada del casino estaba tan cargado que casi podía saborearse. Olía a whisky costoso, a puros fuertes y, sobre todo, al hedor amargo de la desesperación de mi esposo.
James se pasó una mano temblorosa por el cabello, desordenando el peinado perfecto con el que habíamos llegado hacía cuatro horas. Tenía la camisa empapada de sudor en la espalda y sus ojos saltaban erráticamente de sus cartas a la montaña de fichas que disminuía con una rapidez aterradora en el centro de la mesa.
—James, vámonos —susurré, inclinándome hacia él. Mi voz fue apenas un hilo, pero en el silencio sepulcral de la habitación, sonó como un grito.
—Cállate, Avery —siseó sin mirarme, con la voz quebrada por el pánico—. Puedo recuperarlo. Siento que la suerte está cambiando.
No, no lo estaba. Y él lo sabía.
Alcé la vista, ignorando a mi patético esposo, y mi mirada chocó —como venía ocurriendo toda la noche— con la del hombre sentado frente a nosotros.
Damon.
No sabía su apellido, nadie e