Ava
...y me deslizó sobre su miembro lentamente, abriéndome para él.
Gemí al sentirlo llenarme deliciosamente, estirando mis paredes internas con una fricción tan dolorosa como placentera. Mis uñas se clavaron instintivamente en su espalda, arrugando su camisa.
—Mírame —ordenó con voz ronca.
Alcé la vista, con los ojos vidriosos, para encontrarme con los suyos. El verde de sus ojos había desaparecido, eclipsado por dos abismos negros de pura lujuria.
Su máscara de frialdad académica se había h