Ava
El sonido de mi pesada respiración y mis zapatillas de punta contra el suelo eran lo único que rompía el silencio sepulcral del estudio. Eran casi las once de la noche y no quedaba nadie en el edificio, además de mí… y él.
—Detente —ordenó Kaden. Mi cuerpo obedeció de inmediato, sometiéndose ante esa voz grave y autoritaria que me provocaba un cosquilleo en el bajo vientre.
Bajé de la punta intentando controlar el temblor de mi pierna. Mi leotardo negro estaba adherido a mi espalda como una segunda piel empapada, y podía sentir una gota de sudor deslizarse desde mi sien hasta la línea de mi mandíbula.
—¿El tempo te parece una sugerencia, Ava? —preguntó con calma.
Él me observaba desde la esquina del estudio como un depredador de paciencia infinita esperando el momento exacto en que su presa mostrara una debilidad fatal.
Me giré lentamente, enfrentándolo.
—Lo siento —pronuncié casi sin aliento—. Perdí el eje en el giro.
Él no respondió.
Kaden me miró en silencio el tiempo suficient