Monserrat se quedó inmóvil, sintiendo cómo su tranquilidad se desvanecía en un instante. El rostro que minutos antes mostraba calma y felicidad, ahora se había transformado en una mezcla de coraje y rencor. La figura que tenía frente a ella era inconfundible, y el simple hecho de volver a verla después de tanto tiempo la llenó de emociones contradictorias.
—¿Qué hace usted aquí? —exclamó Monserrat, frunciendo el ceño y llevándose una mano al vientre, sintiendo un pequeño movimiento del bebé,