Grecia observaba la sala de espera con una mezcla de ansiedad y angustia que le hacía sentir un nudo en el estómago. Sus manos temblaban ligeramente mientras se aferraba con fuerza a los brazos de la silla, como si intentara anclarse a algo en medio de la tormenta emocional que la envolvía. Las horas parecían eternas; cada segundo que pasaba se sentía como un peso insoportable sobre su pecho. Finalmente, cuando la puerta se abrió y el doctor apareció, su corazón se aceleró, latiendo con fuerza,