El ambiente en la sala se tornaba tenso. Los murmullos de los presentes se escuchaban como ecos inquietantes, mientras todos contenían la respiración, esperando el veredicto que cambiaría sus vidas para siempre. El juez, con su toga negra ondeando ligeramente, se acomodó en su asiento. Su mirada era seria, y su presencia imponía respeto y temor a la vez.
—Señoras y señores —comenzó el juez, con una voz fuerte y autoritaria que intimidó a Grecia y a Luis Fernando. Guillermo, a pesar de su nervio