Había mucha tensión en el ambiente. Greta intentaba mantenerse firme, pero sus piernas comenzaron a temblar; no podía creer lo que sus ojos estaban viendo.
—¿Qué haces aquí, Pablo? —preguntó incrédula.
—¿No me vas a saludar, mi amor? —le dijo con sarcasmo—. ¿Esa es la forma de saludar al padre de tu hijo?
Greta abrió los ojos con asombro, se puso pálida y sintió un escalofrío recorrer su piel. Miró a su alrededor, asegurándose de que alguien de la servidumbre no hubiera escuchado.
—¿Pero acaso