—¿Yo? —repitió ella, pensativa—. No, solo dos. No es que me gusten mucho, pero tengo licencia de piloto. Puedo usarlos en caso de emergencia.
James sintió que las lágrimas le ardían en los ojos.
Hasta ese momento creía que era un hombre rico, con su colección de autos de lujo.
Pero después de conocer a Isabella —una chica que consideraba el dinero poca cosa—, se dio cuenta de que, comparado con ella, él era quien no valía nada.
El helicóptero, por sí solo, costaba quince millones de dólares, y su mantenimiento también representaba una fortuna… ¡pero Isabella tenía dos!
Y, aun así, lo decía con una naturalidad pasmosa, como si hablara de comprar flores en el mercado.
James sintió que la cabeza le daba vueltas.
Se volvió hacia Alexander, todavía aturdido.
—¿Y tú? —preguntó con una mezcla de curiosidad y desesperanza—. ¿Qué le regalaste tú, siendo su novio?
Alexander respondió con calma, como si hablara de algo sin importancia:
—Nada especial. Solo le cedí el diez por ciento de