Pero estaba demasiado lejos. Me aferré a la barandilla y solo pude ver cómo su cuerpo caía hasta estrellarse contra el suelo, hundido en un charco de sangre.
Hace solo un instante era una persona viva. Ahora no era más que un cuerpo destrozado. La sangre se extendía desde su cabeza en todas direcciones, formando una escena espantosa.
Caí de rodillas, me tomé la cabeza y comencé a llorar de manera histérica.
Pero mi voz era tan débil que el viento la borró en cuanto salió de mi garganta.