La sonrisa triunfante de Alexander se desvaneció y su expresión se endureció, tornándose algo sombría. —¿Quiénes son? —gruñó—. ¡Les coseré la boca!
Isabella lo miró de nuevo y preguntó con una ceja alzada:
—¿Te atreves?
Alexander, sin dudarlo, levantó la mano, tomó su barbilla y giró suavemente su rostro hacia él. Luego se inclinó y cubrió sus labios rosados con los suyos, besándola con una ternura contenida, como si temiera lastimarla con un solo movimiento brusco.
Isabella le rodeó el cuello con los brazos y sonrió suavemente.
—Estás tan caliente —susurró divertida.
De repente, Alexander soltó sus labios, hundió el rostro en su hombro y le dio un suave empujón con la cabeza, como un gato inseguro buscando consuelo. Su voz sonó apagada, ronca.
—Si quieres mi vida, te la doy. Pero no quiero compartirte con nadie. Ni siquiera con una mujer. No podría soportarlo.
Aquel gruñido dolido suavizó el corazón de Isabella. Le acarició el cabello y respondió con dulzura:
—Tendré cuidad