A la mañana siguiente
El sol apenas asomaba en el horizonte cuando Zafiro fue llevada al quirófano. Diana y Joaquín no se separaron ni un momento; estaban sentados en la sala de espera, abrazados, rezando con fervor, sus manos entrelazadas como un ancla en medio de la tormenta. Cada segundo que pasaba era una prueba más de su fortaleza, pero también del inmenso miedo que los consumía.
—Tiene que salir bien, Joaquín —susurró Diana con la voz quebrada, mirando el reloj como si las manecillas avanz