Opal observaba a ese hombre con incredulidad, como si su mente estuviera jugando con ella. Por un instante pensó que se trataba de una alucinación, pero cuando él dio un paso hacia ella, el peso de la realidad la golpeó. No había duda: era él.
—Opal... —murmuró Mauricio, su voz grave, cargada de una mezcla de sorpresa y algo más que ella no quiso identificar.
Ella retrocedió instintivamente, sintiendo un nudo en el estómago.
—¿Qué haces aquí? —logró preguntar, su voz apenas un susurro, tratando