—¡Esta niña no es la hija de la heredera Andrade! ¡Esta niña es…!, ¡mi hija! —gritó Francisco, su voz resonando con una mezcla de rabia y desesperación.
—¡Miente! —exclamó Vilma, con los ojos desorbitados, incapaz de procesar la verdad que parecía desplomarse sobre ella como un peso insoportable.
Los guardias se quedaron perplejos, la confusión pintada en sus rostros mientras la tensión en el aire crecía. Francisco apretó el brazo de Vilma con una fuerza tal que ella sintió que los huesos se le