Al día siguiente.
Diana abrió los ojos, y miró al techo. Era blanco, inmaculado, y por un segundo no supo en dónde estaba, hasta que miró alrededor. Vio a ese hombre sentado en el sofá, parecìa maltrecho, sin saco, con la camisa blanca arrugada, ojos cerrados, y un gesto vulnerable.
Ella arrugó el ceño, luchó con fuerzas contra los recuerdos, a su mente vino ese beso de anoche.
«—¡Soy tu esposo, Diana! Eres mía y me perteneces, soy el padre de tus hijos, tu lugar es a mi lado y así lo será por s