Opal sintió el frío cañón del arma presionando su espalda. Su corazón latía con fuerza, y aunque su instinto la empujaba a gritar o resistirse, el llanto de Richi en sus brazos le recordó que no podía arriesgarse. Tragó saliva y obedeció las órdenes, descendiendo del auto con pasos temblorosos.
—Camine —ordenó el hombre con voz grave.
Con Richi llorando en su pecho, Opal apenas lograba calmarlo mientras era escoltada a un vehículo diferente.
El nuevo auto era más oscuro, con cristales polarizado