Aimé siguió a Zafiro hasta el jardín, sus pasos resonaban con fuerza sobre las piedras mientras trataba de calmar su corazón acelerado. Las luces suaves de la noche iluminaban el espacio, pero no lograban disipar la sombra que parecía envolverlas.
Zafiro se detuvo junto a un banco de madera y se giró hacia Aimé, tomándola de las manos con firmeza, como si tratara de evitar que huyera.
—Aimé, escúchame... —dijo con un tono suplicante, sus ojos brillando de preocupación—. ¿Sabes lo que es correcto