La entrada de Andrea no le pasa desapercibida a nadie, todos los ojos están sobre la novia e intentan ver su rostro, pero no lo consiguen, porque el encaje del velo no se los permite. Pero ella sí puede ver.
Y vaya que sí ve.
Su mirada no está en los invitados, en el camino que recorre del brazo de su padre, ni siquiera en el altar o lo hermosa que se ve la iglesia. No. Sus ojos están clavados en el novio, el que tiene su mirada puesta en ella y esa energía que solo siente con él la invade poco a poco.
—Ese muchacho está loco por ti, hija… esa mirada es la de un hombre que ve entrar a su mujer al camino que los llevará al resto de sus vidas. Nunca olvides este momento, porque será único.
—En verdad espero eso, padre, porque no quisiera fracasar de nuevo.
—No lo creo, cariño. Ese hombre pararía una bala por ti, aprécialo.
Andrea sigue caminando al altar, sin perder de vista la postura de Ian ni el aura que los rodea en ese momento. Cuando llegan al altar, Ian se acerca a ella, extiende