Desde Rusia, en el majestuoso pero sombrío despacho de la mansión Volkov, permanecía Lucien con la mirada fija en una serie de documentos sobre su escritorio. La tensión en el ambiente era palpable.
El sonido seco de tres toques en la puerta interrumpió el silencio. Alonso, su guardia personal de confianza, aguardaba del otro lado.
—Adelante —ordenó Lucien con voz grave, esperando que su hombre trajera noticias decisivas desde Bélgica.
La puerta se abrió y Alonso ingresó a la estancia.