La mansión de los Viasov lucía imponente, pero para Moisés, aquel recinto de mármol y seguridad privada parecía más una fortaleza diseñada para atrapar a una presa que un hogar. Al estacionar el vehículo, se tomó un segundo para respirar. Sabía que cada palabra que pronunciara a continuación sería una pieza de ajedrez en un tablero donde Leonel Dragomir movía las piezas con una brutalidad incontrolable.
Bajó del auto, ajustándose la chaqueta, y caminó con paso firme hacia la entrada principal