La noche se extendía en la habitación con un silencio sepulcral, pero para Jenny, la oscuridad era un laberinto sin salida. A sus espaldas, el cuerpo de Leonel la mantenía sujeta con una firmeza que no admitía cuestionamientos. En ese contacto absoluto, ella comprendió una verdad aterradora: huir de él no sería una tarea sencilla, sería un milagro que quizás nunca alcanzaría.
Sin embargo, el pánico mayor no era la jaula, sino lo que acechaba afuera. Intentar escapar significaba caer directame